Lonely.

Soledad bonita.

Soledad que rompe.

Me hallo en días de felicidad fingida y paz que poco perdura. Días en los que dos horas de soledad y silencio son como una bomba a punto de estallar y romper cualquier residuo de estabilidad que pude llegar a tener. 

En otros días, preciso de al menos 10 horas de soledad y silencio que solo puede verse interrumpido por el sonido de mi voz o la voz de cualquier narrador omnisciente en esos libros que mucho me dicen. 

Mi relación con la soledad está en orden tan solo si dura unos cuantos días o quizás, unas cuantas horas. 

Ella sabe brindarme un poco calma.

Pero también sabe cómo destruirme. 

Y he de admitir, que lo que más desestabiliza es el hecho de que hay días en los que necesito nada más que mi compañía y hay días en los que verme a solas conmigo resulta abrumador.

En cualquiera de los casos la solución no es la compañía de extraños que parecen convivir conmigo.

La compañía que quiero es la mía.
Pero tranquila.
En paz.
Mi versión fuerte, no la frágil.

No la que se acaba de romper de nuevo mientras escribía esto.

En cualquiera de los casos, la compañía que me gustaría disfrutar es la del café con mamá.
O la de una cita con mi amor. 
O la de la siesta con mi mascota. 
O la de los libros que uso para estudiar lo que me gusta. 
Incluso la compañía que tenía estando sola en casa.

Pero no tengo ninguna.

Y me pregunto ¿cuando fue tan nocivo para mí estar sola?
Yo, que siempre he amado mi soledad y disfrutado la compañía.
Yo, que consideraba un templo imperturbable mi soledad y que sólo yo podía romper si así quería.

No necesito compañía.
Necesito entender porqué ahora no quiero ni siquiera mi compañía ni la compañía de mi mente. 




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